28 mayo 2017

Juan Carlos el rey del gallinero

La catástrofe no llega sola sino en batallones: el Rey renco, la economía casi en default, el Estado langó y tantistabado, la reina del bótox nacionaliza YPF de Repsol. En algunos rodales del ruedo piden nuevos Pactos de la Moncloa, en otros el impago de la deuda y en Andalucía, donde se adereza un gobierno casi bolchevique, están llamando a los militantes de IU a votar con urna para saber qué van a hacer cuando por más que busquen no encuentren ni un solo euro. «Estamos jugando una partida de ajedrez casi revolucionaria y cuando las piezas se meten en las cajas todas están juntas, valen igual los peones y los reyes, los caballos y las reinas. Lo dice el poeta arábigo: una tras otra, las piezas al estuche van».

Alguna izquierda pasa del afecto que tuvo a Don Juan Carlos. La Transición ha terminado en la sepultura del olvido mientras en Andalucía se vive una España de las de antes. Alberto Garzón Espinosa, diputado por Málaga, plantea en su libro-manifiesto Esto tiene arreglo una reestructuración dirigida por los deudores (debtor-led default) como respuesta a la reestructuración dirigida por los acreedores (creditor-led default). 

Explica que el floreo de los economistas impide saber que estamos en default y con el rescate a quienes salvan es a los inversores privados, y tampoco, porque lo más posible es que haya quitas o directamente impagos cuando lleguen los vencimientos incobrables. Pero para tangar a lo Kirchner no hay base social ni siquiera en Andalucía, aunque como empiecen a decir que no hay que pagar, se caerá todo el artificio y correrán a pedradas al Rey y a sus ministros. Los dos partidos mayoritarios están acochinados, pero no piden ni van a pedir la abdicación.

Nadie piensa que el tinglado se vaya a caer por el tropezón del Rey. ¿Qué otra cosa hicieron los monarcas en toda la historia de España sino montar y cazar? No parece llegada la hora de que la Monarquía ponga pies en polvorosa como hicieron tantas veces sus abuelos y abuelas, después de ser queridos y admirados los monarcas cuando se pavoneaban como gallos. El rey es mi gallo, dice Sancho. El gallinero es la copia del Estado monárquico más perfecto, aunque no haya rey que pueda compararse con un gallo. «Cuando tiene en su pico real un grano de trigo se lo da a la primera de las vasallas que se le presenta», dice un enciclopedista. Los testículos del gallo, que usaron las celestinas como filtro de amor, pueden llegar a tener cinco centímetros de longitud y están cubiertos con una clámide albugínea, una túnica real.

Claro que todo eso del gallo era antes. Ahora las redes sociales están tan alerta que, como escribió Shakespeare, la punta del pie del rústico llega tan cerca del talón del cortesano, que le desuella los sabañones.

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